domingo, 17 de septiembre de 2017

"Jacques": El hombre de los océanos

Con un año de retraso ha llegado a las cartelera española Jacques, un filme que cuenta las luces y las sombras de treinta años (desde mediados de los años 40 hasta los 70) de la vida de Jacques-Yves Cousteau (1910-1997). Es un biopic que muestra todas las caras de un hombre que lo dio todo por descubrir y luego proteger los océanos y el medio ambiente. La cinta de Jérôme Salle (guionista y director de, por ejemplo, El secreto de Anthony Zimmer) combina un buen guión con una belleza visual y sonora muy destacables. Quizá para dar un tono más épico a la vida de Cousteau la película se titula originalmente L'odyssée. Que el famoso barco de Cousteau se llame Calipso, como la ninfa del inmortal relato homérico creo que también tuvo mucho que ver.

La película nos muestra los inicios de Cousteau, sus logros internacionales y sus problemas familiares, ya que no se evita el mencionar las constantes infidelidades a su primera mujer y sus choques con sus hijos. En ese sentido la película (cuyo guión está basado en un libro coescrito por Jean-Michel Cousteau, uno de los dos hijos de nuestro hombre) no es ni complaciente ni santificadora, aunque se ensalcen sus logros en el terreno profesional. La narración tiene un rimo con algún pequeño altibajo pero se ve con agrado en general y Salle utiliza recursos varios para lograr transmitir ciertas ideas: el sacrificio económico de la mujer de Cousteau para que éste cumpla su sueño de reconstruir Calipso está resuelto con insertos a un objeto concreto que se vacía a medida que se ve el progreso en los trabajos en el barco, la radio y los recortes de periódicos sirven para que el tiempo pase de una manera amena y el espectador se entere por ejemplo de la obtención en el Festival de Cannes de la Palma de Oro por el documental El mundo del silencio (codirigido por Louis Malle) en 1956, trabajo por el que consiguió el primero de sus tres Oscar, siendo el tercero por El mundo sin sol (1964) que también se menciona en Jacques.
Lambert Wilson en la piel de Jacques Cousteau
Los aspectos técnicos de la películas están muy cuidados, siendo las escenas subacuáticas de gran belleza con una iluminación portentosa. Por ello y por el filme en su conjunto no se puede dejar de mencionar la hermosa fotografía de Matias Boucard así como la espléndida partitura de ese genio que es Alexandre Desplat. La banda sonora se completa con dos temas muy conocidos usados sabiamente en dos momentos concretos: La canción California Dreamin' de The Mamas and the Papas sirve para retratar la evolución de la vida de Cousteau en la segunda mitad de los años 60 y la bella Sinfonía Nº 3 de Brahms sirve para acompañar un dramático momento.

Los actores son otros de los valores del filme. Lambert Wilson y Audrey Tatou interpretan al matrimonio protagonista. Tatou está espléndida mostrando todas las fases del personaje, desde el apoyo incondicional a su marido para que cumpla su sueño hasta la desilusión por las infidelidades, pero, a su vez, su determinación de no abandonarlo, de hecho sólo los separó la muerte de ella en 1990. Wilson se muestra muy sólido  y es muy curioso el proceso de envejecimiento (el maquillaje en los dos personajes está perfecto) hasta que llega a la imagen que mucha gente conoce de Cousteau con su característico gorro rojo. Es un personaje nada fácil y Wilson, con mucha experiencia (no en vano debutó en 1977 con Julia de Fred Zinnemann) solventa complejas escenas con facilidad como esa dura conversación en una cafetería con su hijo Philippe. Y aquí me detengo para hablar del actor que interpreta a este personaje: Pierre Niney posee una de las miradas más magnéticas que he visto en los últimos años y en su trayectoria destacan trabajos con Robert Guédiguian (Las nieves del Kilimanjaro, 2011) o François Ozon (Frantz, 2016). También destacan en su filmografía su encarnación del modisto Yves Saint Lurent en el filme homónimo dirigido por Jalil Lespert en 2014, por el que recibió el César al Mejor Actor (no confundir con Saint Lautent de Bertrand Bonello del mismo año) o El hombre perfecto (Yann Gozlan, 2015). Su personaje en Jacques está lleno de contradicciones de sentimientos que van de la decepción a la rebeldía e incluso la osadía a nivel profesional y personal.
Pierre Niney en un momento de la película de Salle
La película logra su punto álgido con la llegada de Cousteau a la zona antártica y es fascinante cómo se despierta en él su conciencia ecologista, un carácter que tiene el filme en su conjunto y que le hizo ser merecedor, en el marco del Festival de San Sebastián del año pasado, del Premio Greenpeace-Lurra.    

viernes, 15 de septiembre de 2017

"Detroit" Una denuncia al racismo y al abuso de poder

Si hay algo que no se le puede decir a la directora Kathryn Bigelow es que le tiemble el pulso. Se mueve como pez en el agua en películas "masculinas" como Le llaman Bodhi (1991) o K:19: The widowmaker, película que ejemplifica otra de sus constantes: poner hechos verídicos sobre la mesa y darlos a conocer al gran público. Por ello varios de sus filmes reflejan acontecimientos del siglo XX y XXI que prácticamente nadie había tratado o si alguien lo ha hecho, no de la manera que Bigelow lo hace, de ahí la fuerza de películas como En tierra hostil (2008) o La hora más oscura (2012). Si en el primer título se centraba en la Guerra de Irak y en el segundo en la captura de Bin Laden, en Detroit echa la vista atrás para rememorar un hecho grave en la historia reciente de Estados Unidos que podía haber sido la base de una gran temporada de la franquicia televisiva American Crime Story.

Detroit narra unos hechos de los que se cumplieron este mes de julio cincuenta años: la muerte de tres hombres afroamericanos que se refugiaron en un motel de los disturbios que acaecían en esos momentos en las calles de la ciudad que titula esta película. Estas muertes tuvieron mucho impacto en la sociedad de la época por ser policías los inculpados y el racismo que emanaban tanto esa cruel acción como la decisión jurídica, que declaró inocentes de los hechos a los inculpados habiendo muchos testigos de los hechos, porque esa fatídica noche de verano de 1967 hubo más retenidos que pudieron correr la misma suerte.

Una de las duras imágenes del último filme de Kathryn Bigelow
Bigelow, bajo mi punto de vista, marea los primeros quince o veinte minutos cuando coloca al espectador en medio de los disturbios que precedieron a la noche fatal, pero cuando centra la acción en el motel toma las riendas con una fuerza apabullante haciendo que la tensión se corta con un cuchillo y la recreación de aquellos convulsos años 60 está muy lograda. 

Los hechos acaecidos en el motel son el corazón de Detroit pero siempre teniendo en cuenta los disturbios exteriores, ya que condicionan los acontecimientos antes, durante y después. Bigelow controla todos los elementos para recrear el ambiente que desea y eso también se muestra en la dirección de actores con un portentoso John Boyega (Finn en los nuevos episodios de Star Wars) que demuestra su faceta dramática en todo su esplendor, así como Will Poulter imprime al policía una fuerza que, aparentemente, roza la locura, por el maltrato al que somete a los rehenes todos afroamericanos excepto dos mujeres, una de ellas interpretada por Hannah Murray (Gilly en Juego de Tronos).

La película también denuncia los agujeros del sistema judicial americano y visto lo visto condicionado penosamente por el racismo que imperaba con fuerza en esa época donde la música de grupos afroamericanos gozaba de gran popularidad, de hecho dos de los rehenes del motel pertenecían a un grupo musical, y el cine de la época pretendía con buena fe normalizar las diferencias entre los ciudadanos por el color de la piel, no en vano Sidney Poitier estrenó precisamente tres películas que abordaban tal propósito en contextos muy distintos: la enseñanza en Rebelión en las aulas, dirigida por James Clavell, la policía en En el calor de la noche de Norman Jewison (Oscar a la Mejor Película de aquel año) y los noviazgos en Adivina quién viene esta noche, de Stanley Kramer.

Pero el racismo y el abuso de poder siguen por desgracia muy en alza actualmente aunque la sociedad se muestre tolerante aparentemente, por eso es importante que se hagan películas como Detroit para que se intente tomar conciencia que ni la violencia ni los prejuicios conducen a nada bueno.      

"It": Los miedos que nos rodean

Desde que Stephen King publicase su primera novela, Carrie, en 1974, el cine no tardó en ver un filón para contar nuevas historias. Prueba de ello fue que sólo dos años más tarde Brian de Palma dirigió su adaptación a la gran pantalla, con escenas memorables para los amantes del terror y lo sobrenatural con unas magníficas Sissy Spacek y Piper Laurie. Otro de los best sellers de King fue El Resplandor (1977) y en 1980 Stanley Kubrick hizo otra joya con un inolvidable Jack Nicholson enloqueciendo en un hotel y, para cerrar la enumeración, Misery fue un bombazo en 1987 y en 1991 Kathy Bates ganó el Oscar por su interpretación en la también ejemplar adaptación que dirigió Rob Reiner. El universo del escritor nortemearicano no ha dejado de ampliarse con adaptaciones incluso de relatos cortos como Los chicos del maíz o Cadena Perpetua, por citar sólo algunas porque prácticamente todo lo escrito por King se ha adaptado, en cine o en televisión.

Centrándonos en la película que nos ocupa, It fue otro gran éxito publicado en 1986 y llevado a la gran pantalla en una miniserie estrenada en 1990, la cual digo ya de entrada que no he visto. Pero por fin he visto la película que ha dirigido Andy Muschietti, el responsable de la también terrorífica Mamá (2013). Muschietti ha logrado una muy buena película mostrando en pantalla pasajes escalofriantes que ya ponían los pelos de punta en las páginas de la novela y, muy sabiamente, ha centrado la acción de la historia, que King divide en dos épocas que van alternándose en las 1500 páginas del libro, en una sola: la infancia de los protagonistas y su primer enfrentamiento con el ente asesino que se transmuta en el payaso Pennywise.
Bill Skarsgard como Pennywise
Muschietti ha sabido trasladar la atmósfera de la novela incidiendo en un tema también muy importante para King: los miedos cotidianos. It cuenta una historia de amistad de un grupo de preadolescentes que se enfrentan a una amenaza mortal que se alimenta de sus propios miedos a la vez que superan otros más mundanos, como los que provocan el acoso escolar (verbal y con agresiones físicas) o los abusos. Uno de los aciertos de la película ha sido que la época que retrata son los años ochenta en vez de los años cincuenta como pasa en el libro, para que la segunda película, con los protagonistas ya adultos, transcurra en la actualidad. Esta decisión hace que se muestren elementos reconocibles y que sabiamente se ha usado una equivalencia de algo que había en los cincuenta: si una de las escenas terroríficas clave de la historia tiene que ver, en el libro, con un álbum de fotografías, aquí se opta por un reproductor de diapositivas, causando un efecto brutal.

Escenas como la del barco de Georgie o la del lavabo de Beverly (con un claro guiño a Carrie) están trasladadas en este filme con una fidelidad a como se relatan en la novela que no obvia los aspectos de estas dos escenas. También hay que decir que se ha optado por suprimir o suavizar otras escenas pero extendería mucho esta crítica.

Lo que, en mi opinión, ha sido un verdadero acierto, ha sido la interpretación y la caracterización de Bill Skarsgard como Pennywise con un tono de voz entre tétrico y burlón que hace que cada vez que aparece te muevas inquieto en la butaca. Skarsgard va camino de eclipsar a sus hermanos Alexander (popular por las series True Blood y Big Little Lies) y Gustaf (Floki en la serie Vikingos) ya que su padre Stellan tiene tantas tablas que juega en otra liga. Al magnífico trabajo vocal y corporal de Skarsgard hay que sumarle su sobresaliente caracterización (más fiel al libro de King que la citada miniserie donde Tim Curry parecía exteriormente el payaso de Micolor). Sin aventurarme mucho he de decir que el trabajo de caracterización, palpable también en la transformación del español Javier Botet en el Leproso, debería ser recompensado con el Oscar, en mi humilde opinión.

Los niños actores muestran de manera nada forzada sus distintas personalidades, como Jaeden Lieberther la tartamudez y el sentimiento de culpa de Bill o Jack Dylan Grazer los ataques de asma de Eddie pero son Jeremy Ray Taylor (Ben) y Sophia Lillis (Beverly) quienes sobresalen con sus acciones y sentimientos.

A todo lo dicho hay que recalcar cómo están materializados los miedos de cada uno de los miembros del grupo y todo se reúne en el clímax final. Con esta película Muschietti deja la puerta abierta de par en par y, sobre todo, las ganas de los espectadores de ver la conclusión de la historia. Seguro que valdrá la pena la espera.       

miércoles, 13 de septiembre de 2017

"El amante doble": Enrevesado juego de espejos rotos

He de confesar que El amante doble es la primera película que veo del director parisino François Ozon pero, como cinéfilo, le he seguido de cerca y me empezó a sonar su nombre cuando estrenó Bajo la arena y Gotas de agua sobre piedras calientes en el año 2000. Pues bien, viendo su último filme he tenido la sensación de que Ozon bebe de muchas fuentes literarias y cinematográficas, aparte de sus guiones originales. A lo largo de su carrera ha adaptado para la gran pantalla obras teatrales de autores como Fassbinder (la mencionada Gotas de agua...), nuestro gran dramaturgo Juan Mayorga ya que En la casa (2012) se basa en su obra El chico de la última fila, o Robert Thomas (8 mujeres, 2002). En esta ocasión se basa en una novela de la autora estadounidense Joyce Carol Oates para tejer una tela araña psicológica y sexual.

Una de las sensaciones que se tiene con El amante doble es de estar viendo un thriller convencional al estilo de Brian de Palma con temas manidos (lo de los gemelos antagónicos y su confusión lo han usado hasta para telefilmes de sobremesa) pero en el tramo final de la película parece que estamos viendo el interior del cerebro de otra persona, puede ser la del propio Ozon ya que esas duplicidad de los personajes se multiplican y hay un momento que te pierdes, y ya la escena final es un apaga y vámonos. Es curioso lo de las influencias porque yo le encontrado más influencias del cine de David Cronemberg (Cromosoma 3 e Inseparables se me vinieron a la mente en cuanto acaba la parte de thriller.
Renier y Vacth en una escena de la película de Ozon

Me da la sensación de que Ozon ha querido jugar al suspense psicológico y sexual tipo Paul Verhoeven pero no ha sabido concluir la historia, dejando cabos sueltos como esa inquietante vecina que interpreta Myriam Voyer a la que podía haberle sacado un mayor partido y nos regala la presencia de la eterna Jacqueline Bisset en una nueva colaboración con el cine francés tras trabajar con François Truffaut en La noche americana (1973) y con Claude Chabrol en La Ceremonia (1995) con un inesperado doble papel, aún más desconcertante en la resolución final.

También hay que destacar la química de la pareja protagonista. Marine Vacth tiene un radical cambio de look con respecto a su anterior trabajo con Ozon, Joven y bonita (2013) y Jérémie Renier ofrece un convincente trabajo como los dos hermanos gemelos que comparten profesión (son psiquiatras) y mujer. Ozon se encarga de dejar claro la diferencia de la relación del personaje de Vacth con cada uno de ellos, mucho más pasional y agresiva con uno y más convencional con el otro. Pero repito esa atmósfera de thriller,  (previsible también una vez que el amor y el deseo rompe la barrera de psiquiatra-paciente) se va diluyendo y los últimos minutos es, en mi opinión, otra película. Una pena porque prometía mucho pero El amante doble de desinfla como un globo pinchado.  

Jesús Álvarez: "Después de esta crisis nada será igual que antes"

Jesús Álvarez es un periodista como pocos. A su excelencia profesional que muestra diario en ABC de Sevilla desde hace años, hay que añadirle una bondad que le sale de dentro y que contribuye a que la persona que se siente frente a él pase un rato de lo más distendido. Después de muchos años dedicado a su profesión ahora la compagina con su faceta de escritor que ha iniciado con la novela El ingeniero que no sabía bailar, que lleva por subtítulo Del club de campo al comedor social y está disponible en Amazon. Con esta primera novela Jesús Álvarez hace un retrato realista de la crisis y sus consecuencias con una prosa ágil, interesantes reflexiones y personajes y situaciones con mucho sentimiento. De todo ello Jesús Álvarez habló para El Rinconcillo de Reche.
Jesús Álvarez con su novela El ingeniero que no sabía bailar. Alejandro Reche Selas

Pregunta: Usted en la Nota del Autor que incluye al final de la novela menciona su visita, en diciembre del 2014, al comedor social en el que transcurre buena parte de la acción del libro ¿Qué es lo que vio allí para decidirse a escribir y, como resultado, surgiese El ingeniero que no sabía bailar?

Jesús Álvarez: Fui allí para hacer un reportaje para Navidad y lo que vi fue una serie de personas, una red de voluntarios empleando su tiempo libre para ayudar a personas que no tenían para comer. Hablé, además, con la organización del comedor de la Orden de San Juan de Dios y vi el trabajo tan importante que realizaban en el peor momento de la crisis. En ese momento los comedores estaban desbordados y me dijeron que casi no tenían alimentos para todas las personas que acudían a diario. Pregunté por el perfil del usuario del comedor y me comentaron, para mi sorpresa, que el perfil no era únicamente el clásico que uno se puede imaginar (personas con problemas, adicciones, alcoholismo etc..) sino personas como usted y yo, que han tenido un trabajo, han tenido vacaciones, han cenado fuera, han tenido un buen coche y que, por diversas circunstancias, perdieron su trabajo, les pasaron otras cosas y llegaron allí porque no tenían dinero para comer. Todo eso me incitó a escribir esta novela que ofrece un retrato de la crisis en Sevilla, aparte de la historia del protagonista y la de las personas alrededor del comedor que crean como una red social ayudando a los demás. Eso me pareció que había que contarlo. Yo no lo había leído en ningún sitio y se me ocurrió plasmarlo en una novela.

P.: Da la sensación de que, con esta novela, ha querido mostrar el hecho de que, en la vida, nadie está libre de caer estando en lo más alto y luego poder remontar...

J.Á.: Claro, lo más llamativo de Álvaro, el protagonista de la novela, es que es alguien que cae desde muy alto, algo que no se puede imaginar ni cuando pierde su empleo. Él piensa que con su experiencia y conocimientos no va a tener problemas para encontrar otro trabajo. Lo que cuento a partir de la pérdida del empleo no es ficción ya que conozco de cerca a personas que están en el paro y me han contado lo que les ha pasado: Con cincuenta años han entregado su curriculum y no les han llamado en un año debido a su edad o por estar sobrecualificados para el trabajo o  les ofrecían algo en condiciones de semiesclavitud. El protagonista de la novela, al no poder volver a trabajar, perdiendo su lugar en el mundo y no encontrándolo, es el reflejo de muchas personas que no han podido reintegrarse al mercado laboral. Son personas que no protestan ni se movilizan. Se sienten derrotados. Pienso que muchas personas pueden sentirse identificadas con este personaje.

P.: ¿Ha querido dar al lector una bofetada de realidad con esta novela? Porque si existe el cine social, como el del director Ken Loach, esta novela es literatura social, retrata el aquí y ahora de una ciudad que el lector reconoce perfectamente...

J.Á.: No sé si una bofetada. Es cierto que no estamos como en el 2013 o el 2014, pero cuando la Unión Europea declaró hace un mes  que la crisis había terminado, incluso hubo voces en España afirmando que se ha recuperado el PIB del 2007. No pongo en duda esos datos pero no todo el mundo ha salido de la crisis, especialmente el colectivo al que pertenece el protagonista de la novela.


P.: Hay en la novela una subtrama sobre la agresión a un mendigo en la que los implicados son jóvenes de alto poder adquisitivo. Por ello ¿usted quería evitar el prejuicio de que los culpables de los delitos siempre sean personas con mal aspecto exterior?  

J.Á.: Yo he tratado de reflejar en la novela los contrastes emocionales de la crisis. Es decir, por un lado, las personas que trabajan en los comedores sociales así como organizaciones alrededor de ellos, bancos de alimentos etc... que han ayudado a personas como el ingeniero a sobrevivir, sacando lo mejor de sí mismas en estos momentos de crisis. Por otro lado, hay otra serie de personas en la novela que se dedican a humillar a los que lo han perdido todo. Los consideran inferiores, derrotados o perdedores. Estas personas no vienen de familias desestructuradas ni de barrios humildes, sino que pertenecen a la clase media alta sevillana. Esto ha ocurrido en Sevilla pero también en Madrid, Barcelona y en otras ciudades europeas, por lo que no es un fenómeno local sino universal.  Esto se denomina aporofobia, que significa odio a los pobres. Creo que son los dos contrastes que muestro en la novela y que reflejan cómo es el ser humano, que es capaz de hacer lo mejor y también lo peor.

P.: Pasando a la estructura de la novela, he creído detectar dos líneas narrativas paralelas hasta más o menos la mitad de la novela en la que cuenta el presente del ingeniero y va dando pequeñas pinceladas de su pasado hasta llegar al momento actual en el que se encuentra ¿Esta estructura la tenía así concebida desde un principio?  

J.Á.: Sí. Quería empezar la primera página en el presente y que fuese un inicio contundente y las personas que la han leído me han confirmado que ese comienzo les ha conmovido. Luego he intentado que la narración fuese ágil pero, como bien ha dicho va hacia delante y hacia atrás en el tiempo para que el lector sepa cómo el protagonista ha llegado a la cola del comedor social. En esta historia reflejo valores universales como el amor o el desamor. Ya la segunda mitad de la historia transcurre sólo en el presente y avanza más rápido.

P.: En ese retrato del pasado se enfatiza el aspecto externo del personaje y el éxito que tenía con las mujeres por lo que al hecho de tocar fondo también contribuye un deterioro físico...

J.Á.: Así es. Cuando Álvaro pierde su empleo comienza su infierno particular lo que le provoca un fuerte desgaste emocional y también físico. Aunque ya tiene una edad, los acontecimientos hace que los años se le echen encima. El tiempo que se lleva buscando empleo y no encontrándolo y pasando problemas económicos hace que por su cuerpo pasen como quince años. Es una situación que, muy probablemente le ocurriría a cualquier personas que pasase por esa situación.

P.: Llama la atención la descripción más pormenorizada que hace de la relación sexual que mantiene en un momento determinado de la novela, ya en el presente con una trabajadora social. ¿Lo hizo así porque era un momento en el que el personaje volvía a "sentirse vivo"?

J.Á.: Sí, podría decirse así. El personaje, aunque en su juventud tiene mucho éxito con las mujeres, cuando conoce a la que será su mujer, se enamora de tal manera que ya no existen más mujeres para él durante más de veinte años. No es frívolo, ni voluble. Tras la separación de su mujer pierde también su estatus social y económico. Esto específicamente tampoco me lo he inventado. Yo entrevisté al director Alberto Rodríguez hace unos años y le pregunté por la crisis porque es un tema que ha tocado en su cine y él me comentó  que tenía una pandilla de amigos con los que jugaba al fútbol todos los sábados. Con la crisis varios de ellos perdieron su empleo y dejaron de jugar al fútbol porque no tenían dinero para pagarse las cervezas de después del partido, y no querían pasar la vergüenza de reconocerlo o pedirle dinero a otro. Al protagonista de la novela le pasa lo mismo. Al no poder mantener el mismo ritmo de vida, él decide aislarse social y físicamente encerrándose en su casa. Al quedarse solo, cuando conoce a esta otra mujer trata de revivir o recuperar algo que creía perdido y aunque no es una persona creída para él que una chica joven y atractiva se fije en él y le da una fuerza que le hacía falta.

P.: Es muy significativa la reflexión que hace en un momento determinado del tema de la muerte enfatizando la idea de la fugacidad de la vida, de ahí el contraste de la escena final, que aquí no desvelaremos...

J.Á.: Efectivamente. La muerte está presente en toda la novela, no sólo porque haya personajes que mueren o se hable de gente fallecida, sino también porque los personajes que Álvaro conoce en el comedor social están cercanos a la muerte, jugando con ella, con la salud muy castigada, al ser indigentes que han pasado mucho tiempo en la calle, unos más y otros menos. La muerte es parte de la vida y en todas las creaciones literarias y artísticas es otro de los temas inevitables junto con el paso del tiempo. La escena final muestra el ciclo de la vida.

P.: Destaca también la semblanza que hace en la novela de Sevilla, nombrando calles, hermandades, tradiciones para que el lector que no conozca la ciudad se haga una idea de cómo es...

J.Á.: Yo quería que el lector, fuese sevillano o no, pudiese pasear por las calles de Sevilla con el ingeniero, la trabajadora social y el informático. Hay lectores que me lo han agradecido mucho diciéndome que la atmósfera en la que transcurre la ciudad es muy sevillana. Es  mi ciudad y quería hacerle un homenaje aunque no fuese en el mejor momento.

P.: Para terminar ¿qué razones le daría a los lectores de mi blog para que leyeran El ingeniero que no sabía bailar?

J.Á.: Creo que esta novela cuenta algo que es importante que no perdamos de vista. Esta crisis ha cambiado muchas cosas. Nada va a ser igual que antes, no sólo por las personas que no han recuperado su lugar en el mundo como le ocurrió durante algunos años al ingeniero, sino porque las relaciones laborales se han alterado de una manera sustancial. Cuando regresé al comedor social no me sorprendió que me dijesen que ya había menos titulados superiores o medios que la primera vez que fui pero sí que recibieran cada vez más personas de otro nuevo perfil: el de las que tienen empleo pero están tan mal pagadas que no pueden llegar a fin de mes, que no existían antes de la crisis. Las ONG y organizaciones benéficas los llaman "trabajadores pobres". Conviene no olvidarlo. Esta novela cuenta una parte de lo que ha pasado en estos años y lanza un mensaje de esperanza, a pesar de las dificultades. Las novelas que retratan épocas pasadas me encantan porque reflejan cómo vivían nuestros abuelos o tatarabuelos y me gustaría que esta parte de la Historia que hemos vivido con esta crisis que ha sido tan traumática e intensa se vea bien reflejada. Las heridas tardarán muchos años en cicatrizar y este libro que habla tambien de las segundas oportunidades es mi modesto grano de arena para que no se olvide.